Los bosques y la extinción de los incendios forestales en España.

La importancia de nuestros montes.

En la Europa del siglo XX la mayoría de la población es urbana o vive en zonas intermedias, frente a sólo una cuarta parte de la misma que es eminentemente rural (Eurostat 2015). Esta población urbana, mayoritariamente, busca y espera encontrar en los espacios forestales lugares de ocio, descanso, visualmente agradables y en el mejor de los casos, espacios de importantes valores naturales. Generalmente visualizamos en los típicos umbrosos hayedos y abetales de Centro-Norte de Europa los bosques de cuento de hadas a los que nuestros montes en la península ibérica deben tender y se nos olvida que hay muchos tipos de montes, que además de contar con los valores y usos sociales anteriormente mencionados, sostienen una población rural gracias a los recursos que generan.
La política forestal nacional es la gran olvidada en este Ministerio, pero en nuestro medio rural conviven los espacios agrícolas y ganaderos, con otros forestales que suponen entre otras cosas más de la mitad de la superficie de España.
Hay que recordar que en Europa apenas quedan espacios no alterados por el hombre. En la península ibérica no hay bosques vírgenes en sentido estricto. Desde el Holoceno, hace más de 7.000 años, el ser humano ha empleado el fuego para la gestión de pastos y creación de espacios agro-ganaderos. En este tiempo el hombre también ha favorecido a algunas especies de árboles sobre otras por los frutos que producían (castañas o bellotas de robles y encinas), por su madera (pinos y robles), por su corcho, resinas, etc.
El concepto “monte” es una definición muy amplia que incluye varios tipos de superficie forestal. Por un lado estarían los bosques propiamente dichos y las dehesas u otros bosques abiertos, pero por otro lado incluiría otros espacios tan importantes para la biodiversidad como son las formaciones de matorral o los pastos permanentes. Este tipo de hábitats son propios de nuestro clima, mediterráneo en la mayor parte de la península ibérica, y de la acción del hombre durante milenios sobre la vegetación.
No existen formaciones arbóreas o de matorral buenas o malas, todas tienen su importancia ecológica. Los hayedos por ejemplo son bosques importantes de cara a la producción de madera o leña y con un alto valor paisajístico, pero en general pobres en biodiversidad, y en cambio un monte de matorral y pastos puede contener muchos endemismos y especies amenazadas.
Los pinos, tanto los mediterráneos como los montanos o los atlánticos, muchas veces denostados, son tan autóctonos de la península y las islas como las encinas y robles, y en muchos lugares, por condiciones extremas de clima y suelo, las únicas especies que pueden crecer. También es cierto que por esa rusticidad, en muchas reforestaciones de los años 60 y 70, se abusó del uso del pino, y muchas veces se utilizaron variedades o especies poco adaptadas al terreno que han creado grandes masas poco diversas, muy sensibles a plagas e incendios y a veces difíciles de gestionar.
Los montes de la península ibérica, de Baleares e Islas Canarias tienen una enorme riqueza ambiental, por ello alrededor del 75% de la Red Natura 2000 de España es superficie forestal, de la misma manera, entorno del 40% de la superficie forestal arbolada y de la superficie forestal no arbolada (matorrales y pastos permanentes) está incluida en la Red Natura 2000. España es el segundo estado de la Unión Europea por superficie forestal (por detrás de Suecia), aunque aquí esa superficie forestal está formada mayoritariamente por bosques de escasos crecimientos y alturas como son los encinares y robledales mediterráneos, formaciones arbóreas abiertas como las dehesas o los sabinares y grandes superficies de matorral. Estos tipos de monte tienen un enorme valor ambiental, muy superior a los bosques-plantaciones mono-específicos del Centro-Norte de Europa. Estas formaciones vegetales, aunque menos productivas en madera que las plantaciones artificiales, y que ocupan espacios degradados difícilmente aprovechables de otra manera, generan una gran cantidad de beneficios para la sociedad (biodiversidad, fijación de carbono, retención de agua o control de la erosión) y para las comunidades rurales en particular (obtención de leñas y madera, producción de miel, pastos, plantas medicinales, frutos silvestres, setas o trufas).
La madera (y el papel) de los bosques ibéricos es un producto ecológico, sostenible, que contribuye a la fijación de carbono y es además mucho más barato que otros materiales. Cerca del 70 % de la madera de España procede de plantaciones. A ello contribuyen en gran medida especies exóticas como son el eucalipto, el pino radiata, o los clones de chopo. Estas especies nunca se deberían utilizar en sustitución de los bosques de especies autóctonas, y en ningún caso en los espacios naturales protegidos. Previamente a su uso habría que realizar estudios serios por regiones para comprobar su carácter invasor o su facilidad para propagar el fuego. Para pequeños propietarios, donde no existan esos riesgos, estas plantaciones son una alternativa en zonas marginales, y en general aportan más biodiversidad y protección al suelo que los cultivos agrícolas.
La superficie forestal en la península ibérica aumenta por el abandono de las zonas rurales. El matorral invade los pastos y los campos abandonados y el bosque se expande sobre el matorral que ya no es pastado. La política agrícola de la Unión Europea durante años ha favorecido a las explotaciones intensivas, desapareciendo poco a poco los pequeños agricultores de montaña y las cabañas de ovino que mantenían los pueblos vivos y el paisaje rural típico. Ello se une a la dificultad para poder vivir en entornos rurales que no cuentan con servicios básicos, escuelas, consultorios médicos, etc.

Los incendios forestales

Los incendios, antes de la presencia humana, tenían un origen natural generados por rayos y volcanes, pero con una escasa frecuencia, a los que desde hace más de 7.000 años además se han unido los provocados por el hombre, con mayor frecuencia y con incidencia a lo largo de todo el año (aunque generalmente las superficies afectadas son más importantes en verano).
El fuego ha sido utilizado para el control de la vegetación por todas las culturas y a lo largo de todos los periodos históricos. El manejo del fuego ha permitido la evolución de la especie humana hasta la actualidad (fuente de calor, cocinar los alimentos, iluminación, etc.). Desde que se tienen registros ha existido un fuego “amigo”, utilizado por el hombre en quemas controladas de matorral para la generación de pastos, y un fuego “malo”, el que avanza sin control devorando los recursos necesarios para las comunidades rurales.
La vegetación de la península ibérica, de Baleares y de las Islas Canarias lleva miles de años adaptándose a los incendios forestales. Para ello han desarrollado diversas técnicas de supervivencia como son los brotes de cepa y tallo de muchos matorrales, encinas, robles o incluso del pino canario, cortezas adaptadas para resistir al fuego como en los alcornoques o pinos, o técnicas de resiliencia, como es la diseminación de semillas o su germinación tras el paso de un fuego. Algunos ecosistemas de interés comunitario, como carrizales o brezales, incluso necesitan de un fuego moderado para su correcto desarrollo, por lo que a veces se realizan sobre ellos quemas prescritas.
Aunque siempre ha habido incendios forestales en la península ibérica, en Baleares y en las Islas Canarias, su frecuencia, intensidad y extensión se disparó a mediados del siglo XX por el abandono de las comunidades rurales. La pérdida de población rural y el uso tradicional que hacía del monte para la obtención de leñas y forrajes, junto con el abandono de cultivos y praderas, ha supuesto un aumento progresivo tanto de la carga de material vegetal con posibilidad de arder como de la continuidad del monte. Los incendios forestales se han convertido en un problema de primer nivel por su mayor intensidad (por esa mayor carga de combustible) y superficie (por esa disminución de discontinuidades). En los últimos años se han sumado otros factores que agravan el riesgo de los incendios forestales como son las sequías prolongadas o el aumento de las temperaturas medias y máximas debidas al cambio climático y que afectan a las plantas haciéndolas más sensibles a plagas y más disponibles para arder.
El aumento de intensidad y superficie de los incendios forestales, junto con el aumento de su frecuencia en algunos ámbitos, supone un aumento del riesgo de erosión, la disminución de la capacidad de retención de agua, de la capacidad de las plantas para resistir, recuperarse o reproducirse tras un incendio, supone la liberación a la atmósfera del carbono retenido en la vegetación, daños a la fauna y sus hábitats, valores recreativos, además de pérdida de productos forestales como son los pastos (por el acotado para favorecer la regeneración), madera, leña, frutos, setas, etc.
En este escenario, el uso que tradicionalmente se hacía del fuego en muchas comunidades rurales ya no es viable técnica y ecológicamente hablando. Las quemas que en algunos núcleos rurales se hacían para “limpiar” el monte de maleza y protegerse a su vez de incendios descontrolados, para generar pastos, para mover la caza o espantar “alimañas”, que antes eran fácilmente controlables, ahora se convierten en grandes incendios que amenazan pueblos, bosques y espacios naturales. La estadística de incendios forestales que elabora el Ministerio da como primer motivo de incendio forestal el intencionado. En el Norte de Portugal, Galicia, Asturias, Cantabria y Oeste de Castilla y León está profundamente arraigado en la población rural el uso del fuego. No hay que buscar culpables en mafias o terroristas incendiarios, como comentaron algunos políticos en 2017 para desviar la atención de los problemas reales de los incendios.
 
Pero la estadística de incendios no avala un aumento de los incendios forestales y de la superficie quemada. El pasado año 2017 ha sido especialmente malo (el segundo peor de la década), con más de 50 grandes incendios (Incendios forestales de más de 500 hectáreas), pero de media se está reduciendo ligeramente el número y superficie de los incendios forestales que sufrimos en comparación con los años 80 y 90.

La extinción de los incendios forestales.

Si la superficie forestal aumenta, la carga de combustible también, y existen más periodos de sequía y aumento de temperaturas, por qué disminuye de media la superficie quemada y el número de incendios. La explicación más sencilla es la capacidad de extinción de incendios que hay en la actualidad.
La extinción de los incendios forestales en el estado español se empezó a modernizar en los años 70 con la compra de los primeros aviones anfibios. Desde entonces se produjo una escalada en la contratación de medios aéreos por parte del Ministerio, y tras el traspaso de las competencias forestales a las comunidades autónomas, la cifra se disparó contando entre todas las administraciones implicadas actualmente con unos 260 medios aéreos en la lucha contra los incendios forestales y unos de 20.000 bomberos forestales en la campaña de verano. La eficacia en la extinción también ha ido mejorando con la profesionalización de los dispositivos de extinción, la creación de protocolos de seguridad y actuación, la capacitación y formación, o el empleo del fuego técnico en incendios.
La eficacia de la extinción se ve a veces mermada en las zonas de interface urbano-forestal, ya que los recursos de extinción se destinan a proteger las viviendas e infraestructuras en lugar de a parar el avance del frente del incendio forestal. Este problema va en aumento según crece la superficie forestal, se pierden discontinuidades o se construyen nuevas viviendas en zonas conflictivas o ilegales y sin líneas claras de defensa. En otros países menos poblados se permite a veces que un incendio avance meses y devore cientos de miles de hectáreas, ya que sus superficies forestales son extensísimas, continuas y de especies que regeneran bien tras el incendio, pero en nuestro territorio incendios de esas magnitudes afectarían a pueblos e infraestructuras críticas, poniendo en peligro muchas vidas humanas.
Este enorme dispositivo de extinción de incendios (Según la Unión Europea España es el ejemplo a seguir en el continente en la lucha contra incendios forestales) conlleva un enorme presupuesto. Según los cálculos que maneja el Ministerio aproximadamente el 50% de la inversión pública en el sector forestal se destina a la extinción de incendios.
¿Es un dispositivo sobredimensionado? No hay estudios para la ver la efectividad de los dispositivos de extinción de incendios de todas las administraciones implicadas (comunidades autónomas, estado, UME). Aunque algunas empresas del sector de los medios aéreos de extinción actúan como un cártel para evitar la competencia y que los precios bajen, como ya está investigando la Audiencia Nacional, no podemos afirmar si el coste y el dimensionamiento de los medios de extinción son ajustados a la realidad.
También algunos bomberos forestales, aunque su situación varía mucho entre diferentes comunidades autónomas, sufren la subcontratación de sus servicios. Hay dispositivos autonómicos en los que los bomberos forestales son funcionarios o personal laboral, pero en muchas ocasiones las administraciones públicas se apoyan para su contratación en las “empresas públicas” (reductos de la corrupción política), abusando en exceso de esa herramienta e inflando unos costes que no repercuten en la profesionalización de esos colectivos. Las BRIF (Brigadas helitransportadas para apoyo a las comunidades autónomas) del Ministerio son un ejemplo, celebrando su 25º aniversario en 2017 contratadas con la “empresa pública” TRAGSA. En muchos dispositivos además se sufre la temporalidad y la estacionalidad.
Una reclamación histórica de este colectivo es disponer de coeficientes reductores, segunda actividad y enfermedades profesionales. Es necesario que todas las administraciones afectadas trabajen en esta línea para mejorar sus condiciones laborales y evitar accidentes en entornos tan peligrosos como son los incendios forestales, o el despido sin posibilidad de recolocación de los trabajadores que no pasen las pruebas físicas, por otro lado necesarias para rendir al máximo nivel en su trabajo con seguridad. Así mismo hay que invertir en investigación para poder aprobar un catálogo de enfermedades profesionales del sector.

¿Se podría invertir más dinero en prevención y menos en extinción? Esta frase que se repite como un mantra puede resultar engañosa. Es deseable que se invierta más en mantener los montes protegidos contra los incendios, pero todo el presupuesto de las administraciones forestales sería insuficiente para que todos lo estuvieran, y ambientalmente no tendría sentido. La mejor manera de proteger el monte sería recuperar todos los usos tradicionales perdidos y aunque se consiguiera seguiría habiendo incendios, por lo que los dispositivos de extinción seguirían siendo necesarios.

Una solución son los trabajos de prevención que fuera de la campaña de incendios realizan los bomberos forestales que están contratados todo el año. Su trabajo además se concentra en infraestructuras de defensa y puntos críticos, adquieren experiencia y conocimiento en el territorio, en el manejo de herramientas y del fuego técnico. Además fijan población en las zonas rurales y ayudan a la concienciación de la sociedad local en la prevención y extinción de incendios. Al estar todo el año en el territorio también pueden ser movilizados a incendios forestales fuera de la campaña de verano u a otras emergencias del medio natural.
Aunque el colectivo de los bomberos forestales y otros profesionales del sector ha conseguido importantes mejoras en los últimos años, no hay que dejar de luchar para llegar al reconocimiento que se merecen por realizar un trabajo tan peligroso, poco valorado e importantísimo para la protección de los recursos naturales de nuestro medio rural y de la forma de vida de esos entornos.
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